La peligrosa bastardizacion de la política

La destitución de la Presidenta Dilma Rousseff, sin prueba alguna de corrupción -con la posterior detención de los responsables por ilícitos comprobados- y la asunción de Temer, constituyen una tragedia para el continente.

Tragedia que aun mas se confirma a medida que avanzan los acontecimientos.

La estrategia de bastardizar y de demonizar la política como tal, constituye un verdadero peligro para la democracia y las instituciones en América Latina.

Distintos actores políticos, con el apoyo de grandes medios de comunicación, se han empecinado en pretender demostrar, que la política solamente sirve para la realización de negocios multimillonarios por parte de particulares, y que se debe dar lugar a outsiders desideologizados, hombres multimillonarios, presentados como grandes gestores en la actividad privada.

“Aparecen en la política como tipos que no están contaminados por una supuesta suciedad de la política. Vienen del empresariado, del deporte” advierte Alejandro Dolina y asegura que “el tipo que se mete en la política tiene que aceptar los términos que son: discutir acerca del alcance del Estado y de ningún modo venir desde una superioridad moral superior de la política”.

La política es la única herramienta para la transformación de la realidad. La única vía para resolver los problemas y las necesidades de la gente. La misma, debe de ser reivindicada y honrada. Es peligroso, que desde la política, actores políticos pretendan renegar de la misma.

Es peligroso, que se antepongan intereses personales, empresariales, frente a la institucionalidad y la elección de la gente.

Hay quienes pretender, transpolar esa situación al Uruguay. Una fiebre de comisiones investigadoras, de grandes titulares de prensa que sin prueba alguna acusan de despilfarro, corrupcion, negocios sospechosos, dan cuenta de esta estrategia.

A todo ese cumulo de cosas, se suman el caso Sanabria, y por acá cerca, las valijas de López, las offshore de Macri, las coimas a Cunha (casos lamentables y excepcionales), que ocupan ríos y ríos de tinta, horas y horas de radio y televisión, y forman parte de una bajada de línea que pretende instalar que “son todos iguales” y que “todos los políticos son corruptos”.

En lugar de prestigiar la política, en lugar de contrastar distintas visiones o modelos de país, se apunta al desprestigio del adversario.

Una peligrosa receta, que en lugar de generar adeptos, genera la apatía de un número importante de ciudadanos y que deteriora tremendamente a nuestra calidad democrática y a las instituciones.

Por eso cuando escuches “Que se vayan todos..!” pensá en que se van…pero también que alguien se queda ahí.

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